Subterráneo
¿Qué son las micorrizas? El origen de un pacto ancestral
RED DE MICELIO ENVOLVIENDO RAÍCES DE ÁRBOL EN SUELO DE BOSQUE TEMPLADO
Bajo la alfombra de hojas caídas, bajo las raíces visibles y la capa de humus húmedo, existe una arquitectura de vida que la mirada humana nunca captará a simple vista. Se trata de la micorriza: la asociación simbiótica entre las raíces de las plantas y los filamentos —hifas— de determinados hongos del suelo. La palabra proviene del griego mykes (hongo) y rhiza (raíz), y fue acuñada a finales del siglo XIX por el botánico alemán Albert Bernhard Frank, quien describió por primera vez, con rigor científico, la íntima unión estructural entre los tejidos de las raíces del árbol y el micelio fúngico que los penetra o envuelve. Desde entonces, la ciencia ha ido revelando hasta qué punto esta asociación no es simplemente un detalle curioso de la biología vegetal, sino el fundamento invisible sobre el que se sostiene gran parte de la vida terrestre tal como la conocemos.
La relación entre plantas y hongos es mucho más antigua que los propios bosques actuales. Los registros fósiles indican que las asociaciones micorrícicas surgieron hace aproximadamente 400 a 450 millones de años, durante el período Devónico, cuando las primeras plantas vasculares comenzaron a colonizar la tierra firme. Se estima que la capacidad de establecer esta simbiosis fue uno de los factores determinantes que permitió a las plantas prosperar fuera del agua, en un entorno terrestre inicialmente hostil, con suelos pobres y escasa disponibilidad de nutrientes minerales. Los fósiles del yacimiento de Rhynie Chert, en Escocia, muestran evidencias de estructuras fúngicas en el interior de plantas primitivas que son morfológicamente muy similares a las micorrizas arbusculares modernas, lo que sugiere que este pacto entre reinos tiene raíces profundísimas en la historia evolutiva de la vida multicelular.
Una simbiosis, no un parasitismo
Es fundamental comprender que la micorriza no es una infección ni una enfermedad. Es una simbiosis mutualista: ambas partes se benefician de la asociación. El hongo obtiene de la planta azúcares y carbohidratos producidos mediante fotosíntesis —compuestos orgánicos que el hongo, por carecer de clorofila, no puede sintetizar por sí mismo—. A cambio, el hongo proporciona a la planta nutrientes minerales del suelo, especialmente fósforo y nitrógeno, además de agua, en una eficiencia muy superior a la que conseguiría la raíz por sí sola. El intercambio es tan equitativo y tan refinado que ha persistido durante cientos de millones de años sin que ninguna de las dos partes haya

